“Darnos un tiempo: la experiencia escolar entre la aceleración y los cambios permanentes”

Nota de opinión.
Publicada el 3 de agosto de 2026.

Por Nicolás Cosachov, Licenciado y Profesor de Ciencia Política (UBA), Magister en Ciencias Sociales (FLACSO), doctorando en Ciencias Sociales (FLACSO).
Es investigador en el IICSAL (FLACSO-CONICET) y en el grupo GECITEC, coordinado por el Dr. Pedro Núñez, en el que investiga temas vinculados a la experiencia educativa, temporalidades y formatos escolares de nivel secundario. Se especializa en aspectos de la educación en contexto de encierro.
También, es profesor en nivel secundario y terciario.

Una persona que conozca un poco sobre lo que sucede en las aulas de las escuelas secundarias en la actualidad, podría reconocer la siguiente escena: el profesor tira una pregunta al aire, un estudiante está a punto de decir algo y suena una notificación estridente, se dispara un video o entra una llamada urgente. La interrupción como marca en esta época que corre.

Hoy en día, predomina un escenario social y una forma de habitar el tiempo, que excede lo estrictamente educativo, en la que se advierten ciertos rasgos de una transformación social profunda. Asistimos a un presente que está dotado de múltiples y diversas demandas que ocurren en simultáneo. La circulación permanente y fluida de información, notificaciones, imágenes, fake news, etc., está acompañada de una creciente dificultad para poder asimilar y comprender lo que nos llega. Esto va configurando una dispersión, cada vez mayor, de la atención y las posibilidades concretas para lograr una idea de experiencia sostenida en el tiempo y con cierto sentido propio. Al cuadro, se le suma la sensación generalizada de no poder llegar nunca a tiempo a ningún lado, porque lo que pasó hoy ya es noticia de ayer.

En los últimos años, luego de la pandemia con mayor fuerza, buena parte de los debates educativos giran alrededor de dos temas. Por un lado, cómo generar mayores niveles de asistencia de los jóvenes en la escuela secundaria, para atender el ausentismo escolar, que es uno de los principales conflictos del presente. Según el último informe de argentinos x la educación (2026), el ausentismo estudiantil creció 7 puntos porcentuales en dos años a nivel país y se observan incrementos en las 24 provincias. Además, el 21% de los jóvenes falta entre 15 y 19 días al año, mientras que el 20% lo hace entre 20 y 29 veces; el 10%, 30 días o más.

Por el otro, qué se hace en relación con los celulares en la escuela, uno de los tópicos que atrae la atención de investigadores y especialistas del área. La presencia de dispositivos tecnológicos personales en el espacio escolar es un fenómeno al que todavía se le está haciendo preguntas e intentando algunas respuestas, mientras tanto se observan, en muchas aulas que los dispositivos tecnológicos entorpecen más que facilitar el aprendizaje. A esto se le suma, una dinámica social donde hay mayor individualización de la experiencia educativa, menor contacto e interacción entre pares y el aumento de la dispersión y los ruidos. Un informe reciente de UNESCO (2026) señala que ya son 114 los países donde se han establecido restricciones o prohibiciones sobre el uso de teléfonos móviles en los espacios escolares. El crecimiento exponencial de estas medidas habla de una preocupación a nivel global acerca de las consecuencias negativas asociadas a la dependencia digital. Algunas de estas consecuencias son la baja en el rendimiento académico, desconcentración, adicciones al juego, problemas de salud mental o conflictos entre pares que tienen lugar en el espacio digital y físico de manera alternada y en simultáneo.

Sin embargo, reducir la discusión a la presencia o ausencia de teléfonos celulares en las escuelas dificulta la posibilidad de ver un poco más de cerca y con mayor profundidad el tema de la experiencia educativa, que resulta inescindible de los usos del tiempo escolar. Interesa poner el foco en qué se usa, con qué fines y qué tipo de flexibilidades se contemplan y cuáles no. Muchas veces, la escuela invita a elaborar una forma de la temporalidad (institucional y subjetiva), que impulsa una propuesta alternativa a lo que sucede puertas afuera, donde estamos viendo que predominan los discursos de odio, las agresiones, la aceleración del tiempo y los ritmos de la vida cotidiana. Es posible pensar una escuela secundaria que logre dialogar con el contexto, para estar entrelazada con las problemáticas que ocurren en nuestra sociedad, pero, al mismo tiempo, abrir el juego a la construcción de experiencias diferentes, más asociadas al aprendizaje, el encuentro con otros, donde sea factible poder sostener una trayectoria educativa y vital durante períodos prolongados, con un componente colectivo y en vistas a desarrollar cierto pensamiento crítico. A partir de un reciente trabajo de campo basado en grupos focales en escuelas secundarias de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Cosachov & Gatti, 2025), se puede pensar en una escuela secundaria que está inserta en un contexto social incómodo, pero que igualmente habilita el encuentro de diferentes actores y permite el diálogo entre sensibilidades heterogéneas. De alguna forma, lo escolar aún conserva algo vinculado a lo inédito, algo irreemplazable, que aún consigue movilizar y conmover a quienes transitan la escuela a diario.

En contrapartida, lo que se ve en el último tiempo, es un predominio de experiencias con rasgos más episódicos, intermitentes, de baja intensidad, desde las cuales cuesta encontrar un sentido de experiencia, sino que, en su lugar, podemos hablar de vivencias escolares. Larrosa (2006) distingue entre lo que simplemente pasa ante nosotros y lo que nos pasa a nosotros: “al sujeto del estímulo, de la vivencia puntual, todo le atraviesa, todo le excita, todo le agita, todo le choca, pero nada le pasa”. De algún modo, la escuela tiene el desafío de ofrecer condiciones para que algo efectivamente pase, que algo les pase a los jóvenes en su trayecto escolar y no sea una vivencia adicional, entre tantas otras.

Uno de los rasgos más salientes de la experiencia escolar contemporánea es lo que podríamos denominar la cultura de la interrupción, es decir, la dificultad creciente de sostener la atención en una sola tarea durante períodos prolongados, producto de la lógica de los dispositivos digitales que organizan las formas de lo experiencial. En el aula, esto se traduce en clases fragmentadas, vínculos discontinuos y una dificultad para elaborar procesos de pensamiento que requieran tiempo. Frente a esto, la escuela ocupa una posición paradójica, porque, por un lado, cuenta con una institucionalidad que organiza el tiempo de manera estructurada con horarios, secuencias, encuentros regulares, momentos evaluativos, etc.; por otro lado, enfrenta el obstáculo de ser percibida por muchos jóvenes como desacoplada de sus formas de habitar el tiempo.

Como uno de los pocos espacios institucionales de contención social para jóvenes, la escuela no queda al margen de estas discusiones, por el contrario, deviene un lugar privilegiado donde poder plantear algunos interrogantes y delinear posibles soluciones. Atravesada también por la aceleración temporal, cargada de demandas administrativas, reformas permanentes, una incorporación desmedida de nuevas herramientas tecnológicas y una presión continua por asumir numerosas responsabilidades sociales. La escuela se ha vuelto un lugar con límites borrosos, cada vez más tensionados y con un ritmo cotidiano, que oscila entre lo vertiginoso y un espacio de contención. En las últimas cuatro décadas, la escuela secundaria ha sido objeto de sucesivas reformas superpuestas sin llegar a consolidarse. La Ley Federal de Educación de 1993 reorganizó por completo los niveles del sistema y los contenidos curriculares; trece años después, la Ley de Educación Nacional de 2006 revirtió buena parte de esos cambios, redefinió la estructura de niveles y estableció la obligatoriedad del secundario, y propuso nuevos lineamientos curriculares. Antes de que esa reforma pudiera asentarse plenamente, en 2017 se lanzó la propuesta “Secundaria 2030”, que planteó una nueva transformación en torno a la organización de los aprendizajes, el régimen académico y la formación docente. A esto se sumaron los cambios introducidos durante y después de la pandemia. Tres reformas en menos de cuarenta años, ninguna completamente implementada antes de la llegada de la siguiente.  En este contexto, algo que preocupa es que se han relegado las funciones pedagógicas, para concentrar las fuerzas en lo social.

No obstante, el espacio escolar sigue ocupando un lugar de centralidad en la sociedad, donde es posible darnos un tiempo, para pensar los desafíos contemporáneos y cómo se posiciona la escuela ante los mismos, buscando dar algún tipo de respuesta, pero sin perder la brújula de sus funciones originales. Al ser una institución de la modernidad, aún conserva un formato institucional donde el tiempo resulta, por momentos, un elemento clave y tiene la posibilidad de moldearlo con cierto criterio propio. En general, el tiempo escolar viene asociado a un formato rígido y anticuado, donde se regulan los horarios, se organiza el espacio de manera reticular, se disponen los cuerpos y los saberes bajo un lineamiento preciso e inamovible, pero también, se puede identificar una forma de la temporalidad que aún requiere pausa, límites, cierto ritmo prefigurado, un compás, que hace que la aceleración del tiempo se vea, al menos, interpelada.

En una época que privilegia la inmediatez, la novedad constante y la adaptación a los cambios repentinos, la escuela podría asumir una función contracultural, sin que esto implique pensarla como un refugio aislado del mundo, tampoco como un espacio nostálgico, donde todo pasado fue mejor, sino en la posibilidad de preguntarnos si puede seguir siendo un espacio social donde es posible demorar una respuesta, sostener una conversación, leer un texto con profundidad o elaborar colectivamente un sentido del saber y la experiencia.

Porque más que transmitir contenidos o incorporar nuevas herramientas tecnológicas, una parte significativa de la experiencia escolar, consiste en generar condiciones para que algo suceda. La escuela sigue siendo un espacio significativo, donde a los jóvenes les pueden pasar cosas, tal vez, un poco más alejadas de lo tecnológico, lo excitante o la aceleración permanente, y más cercano a una huella con un sentido propio.

Volvamos a la escena del principio, donde el estudiante estaba a punto de decir algo, pero se vio interrumpido. Quizá, la pregunta más relevante que tiene la escuela, para hacer en este presente, sea cómo gestionar la interrupción, al tiempo que habilite un espacio donde ese estudiante logre, efectivamente, terminar de decir lo que desea. Preguntarnos qué temporalidades queremos en nuestras escuelas es, en el fondo, poder mirarnos para ver si estamos dispuestos a construir un tiempo diferente, más lento, con mayor densidad, compartido con otros. Darnos un tiempo de experiencia.